11.1.16



Hay cosas que aprendemos mientras más golpes nos demos, mientras menos abramos los ojos, menos notaremos la realidad frente a nosotros.
A veces hace falta un pequeño empujón hacia el abismo para saber que para sujetarnos siempre estarán sólo los que necesitan estar... nadie más. En tres años siempre creí que mi lugar sería allí donde él estuviera, donde nuestros caminos se encontrarán y donde creía que siempre estaría a salvo. Hoy sé que el único lugar seguro es allí donde ni yo me puedo hacer daño, ahí en el núcleo de la familia y los amigos. Ahí donde sólo el cariño te salva.

Traté de sabotear este día, hacerlo desaparecer y creer que quizás con un mensaje, mi felicidad volvería, pero no es así, la felicidad ya no es donde solía estar, ya no le pertenece. Ya no es de nadie más que mía. En cierto punto me alegra descubrirlo de este modo, porque aunque duele más, es también el más realista que puedo pedir.

Este es el punto de inflexión. Donde no habrá vuelta. Donde no queda nada más que partir de cero, comenzar a rearmarse y dejar el pasado donde debe estar... en el pasado, allá atrás en los recuerdos que nos duelen pero que también nos hacen crecer.