4.5.10

Analizó, visualizo la salida, recorrió la salita con la mirada y con todo el asco del mundo bebió el desabrido té de hierbas que la señora Adelina le había traído.
-Gracias -dijo con una suerte de agradecimiento a su interior por tragarse esa espantosa mezcla de agua, palitos verdes y hojas sin azúcar.
-Espero que te sientas mejor. Si quieres puedes llamar a tu madre desde aquí... - dijo Adelina.

Lucia palideció, sabía que si su madre sabía que se había desmayado de nuevo, ya no se salvaría de los doctores y especialistas. Sabría finalmente que jamás se había curado, sólo escondido su enfermedad...

-¡No!, yo... este, mire... Fito me acompaña, además no es nada y en realidad el té ha ayudado bastante. -Sonrío y con eso Adelina creyó lo que decía.
-Bueno, entonces le pediré a Alex que vaya contigo.
-¿Alex? preguntó Lucia.
-Si, mi nieto. El que te trajo en brazos desde la calle...
-¡Oh!- exclamó Lucia. Sabía que alguien la había traído en brazos y jamás se había sentido tan bien en los brazos de nadie, pero no espero que esa persona aun estuviera allí - No, no se preocupe, yo... yo puedo sola, además mi perro me espera y él me lleva...

De repente un joven se asomó por la puerta de la salita y preguntó si podía entrar. Vestía jeans y zapatillas, un polerón gris con un dibujo en el centro. Tenía los ojos de un castaño tan claro que al sol seguramente se veían verdes, el pelo café claro y corto. Su sonrisa podía llenar espacios vacíos, y era tan irreal que Lucia creyó que aun estaba desmayada. Se sonrojó por la vergüenza de que hubiese sido el quien antes la llevara en brazos a aquel sillón.
Adelina captó en un segundo el campo magnético que flotaba en sus miradas y rompió el extraño y vergonzoso silencio diciendo a Alex que llevara a Lucia a su casa y que ni se le ocurriera dejar que se fuera sola.

-Bien si te sientes mejor vamos, que tengo que salir en un rato -dijo Alex con un tono de molestia por tener que llevar a "la desmayada" a su casa.

Lucia no pudo decir nada, no era su casa y mal que mal el la había ayudado en la calle, aunque ella no se lo hubiera pedido. Se sintió fatal por ser una molestia, pero no quería que la amable señora se sintiera mal y tampoco causar más líos en esa casa. Se levantó del sofá y Adelina le tomó las manos y le dijo: -Lo siento, no me presente. Soy Adelina y si algo vuelve a sucederte creo que ya sabes donde vivo. Cuidate pequeña y come algo, se nota en tus ojeras que no has comido en días.
Lucía sintió escalofríos al contacto con esas manos y al oír esas palabras. Recordó a su abuela, a esos ojos que le rogaban que no se abandonara, que luchara, que no dejara que el miedo le atravesaran el alma. Esos ojos de los cuales no pudo despedirse jamás.