Analizó, visualizo la salida, recorrió la salita con la mirada y con todo el asco del mundo bebió el desabrido té de hierbas que la señora Adelina le había traído.
-Gracias -dijo con una suerte de agradecimiento a su interior por tragarse esa espantosa mezcla de agua, palitos verdes y hojas sin azúcar.
-Espero que te sientas mejor. Si quieres puedes llamar a tu madre desde aquí... - dijo Adelina.
Lucia palideció, sabía que si su madre sabía que se había desmayado de nuevo, ya no se salvaría de los doctores y especialistas. Sabría finalmente que jamás se había curado, sólo escondido su enfermedad...
-¡No!, yo... este, mire... Fito me acompaña, además no es nada y en realidad el té ha ayudado bastante. -Sonrío y con eso Adelina creyó lo que decía.
-Bueno, entonces le pediré a Alex que vaya contigo.
-¿Alex? preguntó Lucia.
-Si, mi nieto. El que te trajo en brazos desde la calle...
-¡Oh!- exclamó Lucia. Sabía que alguien la había traído en brazos y jamás se había sentido tan bien en los brazos de nadie, pero no espero que esa persona aun estuviera allí - No, no se preocupe, yo... yo puedo sola, además mi perro me espera y él me lleva...
De repente un joven se asomó por la puerta de la salita y preguntó si podía entrar. Vestía jeans y zapatillas, un polerón gris con un dibujo en el centro. Tenía los ojos de un castaño tan claro que al sol seguramente se veían verdes, el pelo café claro y corto. Su sonrisa podía llenar espacios vacíos, y era tan irreal que Lucia creyó que aun estaba desmayada. Se sonrojó por la vergüenza de que hubiese sido el quien antes la llevara en brazos a aquel sillón.
Adelina captó en un segundo el campo magnético que flotaba en sus miradas y rompió el extraño y vergonzoso silencio diciendo a Alex que llevara a Lucia a su casa y que ni se le ocurriera dejar que se fuera sola.
-Bien si te sientes mejor vamos, que tengo que salir en un rato -dijo Alex con un tono de molestia por tener que llevar a "la desmayada" a su casa.
Lucia no pudo decir nada, no era su casa y mal que mal el la había ayudado en la calle, aunque ella no se lo hubiera pedido. Se sintió fatal por ser una molestia, pero no quería que la amable señora se sintiera mal y tampoco causar más líos en esa casa. Se levantó del sofá y Adelina le tomó las manos y le dijo: -Lo siento, no me presente. Soy Adelina y si algo vuelve a sucederte creo que ya sabes donde vivo. Cuidate pequeña y come algo, se nota en tus ojeras que no has comido en días.
Lucía sintió escalofríos al contacto con esas manos y al oír esas palabras. Recordó a su abuela, a esos ojos que le rogaban que no se abandonara, que luchara, que no dejara que el miedo le atravesaran el alma. Esos ojos de los cuales no pudo despedirse jamás.
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4.5.10
26.4.10
Cuando pudo finalmente abrir los ojos, tres pares de ojos la miraban con curiosidad, asombro y un poco de miedo. intentó levantarse del piso -porque sin duda aun se encontraba en la vereda- pero sintió la nariz de Fito en la frente y eso se lo impidió. No sabía a ciencia cierta cuanto tiempo había estado tirada en el piso, y tampoco quienes eran esas personas que se veían un tanto borrosas. Escuchó de repente un voz una tanto chillona que le decía: - Nos has dado un gran susto chiquita ¿cómo te llamas?. - Lucia. dijo a penas.
- Oh, es que jamás te había visto por aquí, deja que te llevemos a mi casa y te recuestas en el sillón -dijo la voz chillona-. No alcanzó a responder cuando un par de brazos la alzaron del piso. Era un hombre, ya que pudo sentir su olor a perfume y unos brazos firmes que la sostenían. Cerró los ojos esperando sentirse mejor, pero de repente sintió como esos brazos en los que se sentía tan bien la abandonaban en un espacio blando y con un olor que mezclaba pachulí y moras, ni idea si eso era posible, pero era lo que a duras penas lograba reconocer. Se sintió cobijada por una manta y volvió a abrir los ojos. Mi perro, logró balbucear. La voz que anteriormente había hablado se materializó en una señora de pelo blanco con las mejillas rosadas, una falda de color verde musgo y una blusa blanca con botones de colores, que tenía en sus manos una taza de porcelana con un plato. - Esta afuera, le dijo. Toma esto, es té de hierbas. Espero que te sientas mejor, nos has dado un gran susto.
Lucia se sentó en el sillón y sintió como la ausencia de comida en su estómago hacia que todo volviera a dar vueltas. Se tomo la cabeza con ambas manos y la intento mantener en su lugar, respiró hondo y el aire ingresado en su organismo hizo que las ideas se ordenaran y dijo: Lo siento, yo... mi perro, no sé que fue lo que sucedió.
- Fue sólo un desmayo pequeña, nada del otro mundo, dijo la señora que ahora se sentaba también en el sillón. Toma esto y te sentirás mejor, luego ya llamaremos a tu madre.
Lucia se estremeció, no podía dejar que llamaran a su madre, no denuevo. Tenía que salir de allí y tenía que hacerlo pronto.
- Oh, es que jamás te había visto por aquí, deja que te llevemos a mi casa y te recuestas en el sillón -dijo la voz chillona-. No alcanzó a responder cuando un par de brazos la alzaron del piso. Era un hombre, ya que pudo sentir su olor a perfume y unos brazos firmes que la sostenían. Cerró los ojos esperando sentirse mejor, pero de repente sintió como esos brazos en los que se sentía tan bien la abandonaban en un espacio blando y con un olor que mezclaba pachulí y moras, ni idea si eso era posible, pero era lo que a duras penas lograba reconocer. Se sintió cobijada por una manta y volvió a abrir los ojos. Mi perro, logró balbucear. La voz que anteriormente había hablado se materializó en una señora de pelo blanco con las mejillas rosadas, una falda de color verde musgo y una blusa blanca con botones de colores, que tenía en sus manos una taza de porcelana con un plato. - Esta afuera, le dijo. Toma esto, es té de hierbas. Espero que te sientas mejor, nos has dado un gran susto.
Lucia se sentó en el sillón y sintió como la ausencia de comida en su estómago hacia que todo volviera a dar vueltas. Se tomo la cabeza con ambas manos y la intento mantener en su lugar, respiró hondo y el aire ingresado en su organismo hizo que las ideas se ordenaran y dijo: Lo siento, yo... mi perro, no sé que fue lo que sucedió.
- Fue sólo un desmayo pequeña, nada del otro mundo, dijo la señora que ahora se sentaba también en el sillón. Toma esto y te sentirás mejor, luego ya llamaremos a tu madre.
Lucia se estremeció, no podía dejar que llamaran a su madre, no denuevo. Tenía que salir de allí y tenía que hacerlo pronto.
19.4.10
Correr.
"A veces cuando lo damos todo, cuando todo lo que era nuestro no nos pertenece más, por el sólo hecho de que se lo dimos a quién creíamos se lo merecía; ahí en esos momentos notamos que no somos nada sin el otro, porque o ya lo tiene todo o porque como nos dio todo, nos lo puede quitar TODO. Y repentinamente ahí estamos, vacíos, sólos y con la extraña sensación de que nos acaban de sacar el corazón de cuajo".
Una vez escritas esas líneas, se cuestionó porque las escribía. ¿Por qué anotaba y anotaba ideas que sentía vivía en carne propia, pero que al final del día no eran más que supuestos y cuestiones que creía pasaban en la vida real de las personas que de verdad sufrían asesinatos al corazón?. Sentía siempre bajos sus pies la superposición de otra vida, de una igual de incomprendida que ella pero con el corazón mil veces hecho polvo. Cerro las páginas de su cuaderno y se sentó en la cama, la música estaba tan alta que no lograba escuchar los ladridos de fito en el patio, la canción se detuvo y lo escucho fuerte y claro como si estuviera en su puerta. Se asomó a la ventana y lo vio. Ladraba en el patio como un histérico y si la reja hubiese estado abierta habría salido corriendo despavorido. A pesar de los gritos que le dio, él no la escuchaba. Bajó las escaleras y salió al patio, lo miró, le acarició la cabeza y le habló pero el sólo quería salir a la calle. Se rindió. Le puso el collar y lo sacó. Parecía realmente una película cómica en la que el perro corre y el amo esta siendo arrastrado por el suelo. Corrió por lo menos siete cuadras hasta que fito finalmente se detuvo. Puso las manos en sus rodillas y jadeo fuertemente, se sintió mareada y con ganas de vomitar. Se arrodilló en la acera mientras fito le olisqueaba el rostro. -Te odio fito, voy a morir. Fueron las únicas palabras que le dijo, antes de tocar el piso con la mejilla y ver un horrible hoyo negro tapar absolutamente toda la luz.
Una vez escritas esas líneas, se cuestionó porque las escribía. ¿Por qué anotaba y anotaba ideas que sentía vivía en carne propia, pero que al final del día no eran más que supuestos y cuestiones que creía pasaban en la vida real de las personas que de verdad sufrían asesinatos al corazón?. Sentía siempre bajos sus pies la superposición de otra vida, de una igual de incomprendida que ella pero con el corazón mil veces hecho polvo. Cerro las páginas de su cuaderno y se sentó en la cama, la música estaba tan alta que no lograba escuchar los ladridos de fito en el patio, la canción se detuvo y lo escucho fuerte y claro como si estuviera en su puerta. Se asomó a la ventana y lo vio. Ladraba en el patio como un histérico y si la reja hubiese estado abierta habría salido corriendo despavorido. A pesar de los gritos que le dio, él no la escuchaba. Bajó las escaleras y salió al patio, lo miró, le acarició la cabeza y le habló pero el sólo quería salir a la calle. Se rindió. Le puso el collar y lo sacó. Parecía realmente una película cómica en la que el perro corre y el amo esta siendo arrastrado por el suelo. Corrió por lo menos siete cuadras hasta que fito finalmente se detuvo. Puso las manos en sus rodillas y jadeo fuertemente, se sintió mareada y con ganas de vomitar. Se arrodilló en la acera mientras fito le olisqueaba el rostro. -Te odio fito, voy a morir. Fueron las únicas palabras que le dijo, antes de tocar el piso con la mejilla y ver un horrible hoyo negro tapar absolutamente toda la luz.
15.4.10
Lucia
Lucia viste jeans la mayor parte del tiempo, no le gustan las faldas ni los vestidos. Las zapatillas son su segunda piel y detesta las cosas color rosa. Siente a menudo que no encaja en ningún lado, y el mundo es para ella una rareza. Camina a diario a su casa cuando viene del instituto y viceversa, con su bolso con cuadernos y sus gigantes audífonos pegados a los oídos, escuchando la música lo más alto que se pueda y que el mp4 aguante. A sus 16 años cree que jamás entenderá nada, ni a ella misma. No tiene nada claro más que ser vegetariana e intentar a diario que a fito le gusten más las hojas de lechuga y menos los trozitos de carne que su mamá le mezcla con su comida de olores raros comprada en el supermercado. Pero no hay caso, los perros jamás comprenderán que matan a otros animales indefensos para comerlos de almuerzo. Fito es sin duda a ojos de Lucia un desconsiderado, pero sin duda ante eso ella lo ama tanto o más que a cualquier ser humano. Al menos no habla estupideces ni hace a conciencia cosas que ella no entiende. Lo tiene desde que tenía dos meses y había sido recién separado de su madre, era tan indefenso que penas si se podía las patitas traseras. Duerme con ella desde entonces, pero ahora a los pies de su cama ya que abrazados no caben en la cama. Fito es un labrador, por lo que a sus 5 años es enorme, y se mueve más que una persona en una cama de una plaza. A veces cree que la entiende, y otras sinceramente cree que se esta volviendo loca.
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